Emplazamiento cibernético donde se pretende ir de lo otro a la nada y viceversa, así que todo lo que se encuentre comprendido en el intervalo, puede quedar.
jueves, 1 de octubre de 2015
Crónicas de peluquería
miércoles, 25 de marzo de 2015
Sólo una Caperucita Roja más
viernes, 20 de marzo de 2015
Ese abismo –el que está frente a mí-…
domingo, 11 de noviembre de 2012
Cadencia y tertulias (Parte I)
Es domingo por la mañana. Sólo se escucha la música que he elegido para acompañarme en estos momentos y, de vez en cuando, el graznido de alguna urraca.
Son estos instantes, en los que el sol acaricia dulcemente las superficies y cuando su luz despierta ese fino polvillo omnipresente, los que me hacen agradecer el silencio y la soledad en mis pensamientos después de una semana especialmente vertiginosa.
La música me hace querer recordar vidas que tal vez no he vivido: imagino cómo sería el discurrir de la gente en la época medieval y estoy segura de que sus vidas serían mucho más cadenciosas que las nuestras. Sus ritmos se verían irremisiblemente determinados por la sucesión regular de las estaciones, comenzarían con la siembra, seguirían con el cuidado de lo sembrado para hacerlo crecer, esperarían la cosecha, la levantarían, la almacenarían y tomarían sus provisiones para que, mientras durara el frío invierno, el ciclo comenzara de nuevo con la esperada primavera. Y todo, absolutamente todo en y sobre el mundo, seguiría esos ritmos.
¿Qué pasó con esa cadencia? ¿A dónde nos están orillando estos nuevos tiempos en los que la mayoría de las veces no sabemos ni dónde estamos ni quiénes somos? Hemos olvidado el respeto por los ritmos de la Madre Tierra. No hay cadencia. No hay ritmos regulares, tan sólo una sucesión de disonancias sin consonancias en el medio. Erigimos altares a la productividad, a la competitividad, a la calidad… y nos olvidamos de la calidad en nuestras propias vidas. Amamos la tecnología, vivimos literalmente adheridos a nuestros smartphones (creo que el nombre lo llevan –tristemente- en honor de quien los creó, no en el de quienes los usamos), vemos televisión, hablamos horas y horas a un aparatito, enviamos e-mails a diestra y siniestra, actualizamos nuestros perfiles, tuiteamos, etcétera, etcétera... Y, ¿cuándo platicamos? ¿Cuándo nos procuramos el placer de tener una conversación? Si no es por negocios o por algún interés específico, la gente está dejando de tener encuentros personales, es decir, presenciales. Y ya ni eso: las conference calls –o conferencias- tan usuales en las compañías transnacionales desgastan su camiseta “I love tech” al máximo y ya no es necesario tener juntas presenciales gracias a la magia del teléfono, el Skype y tantas cosas más; aún así, en la jerga multinacional es común escuchar a la gente mencionar la palabra “cadencia” como sinónimo del seguimiento necesario que se le da a algún asunto específico.
¿A quién se le pudo haber ocurrido –pregunto- trastrocar de esa manera el sentido de una palabra, tan de suyo, hermosa? Cadencia significa sucesión de sonidos o movimientos que tienen lugar de un modo regular y medido y que generan un efecto proporcionado y grato a los sentidos. Cadencia implica también respetar el ritmo natural de las cosas; la cadencia produce una experiencia agradable a los sentidos. La cadencia debería, sí, ser algo mucho más presente en nuestras vidas más allá de juntas, reuniones, conferencias o como quiera que se llamen esas interacciones forzadas, llenas de tecnicismos, intereses adquiridos y creados y uno que otro intercambio de ideas.
En contraste, la cadencia está presente y rige una buena conversación. Enfatizar la calidad de la conversación aquí significa que no se trata de esos diálogos monosilábicos, llenos de interjecciones posmodernas y sin un faro que las guíe. Una buena conversación pone en juego la inteligencia, las experiencias del hablante y su destreza para comunicarlas a otros. Es un arte. Conversar va más allá de un intercambio de expresiones, una conversación de calidad podría ser como la degustación de una buena comida: un aperitivo pone el tono de la plática; con el primer tiempo continúa el sabor impuesto por la entrada y permite que se fijen posturas sobre el tema; ya para el segundo tiempo, las posturas se pueden confrontar y permiten un sabroso intercambio de argumentos y experiencias, salpicado de anécdotas y lo que se quiera introducir ahí; el postre vendría, entonces, a ser el epílogo de la plática y donde se recapitule ya sin el fervor característico del segundo tiempo. ¡Ésa es cadencia!, hay ritmo y deleite de los sentidos en ello. No en una reunión para dar seguimiento a tal o cual asunto.
Hemos llegado al punto donde esa cadencia –la de una buena conversación- está al borde también de la extinción. La vida actual no nos permite ya tener ese placer. Somos máquinas de vivir, o más bien, de un mal-vivir que se va llenando de cosas que no nos dan la felicidad que ansiosamente perseguimos. Aquéllas conversaciones que las personas tenían con regularidad y que les procuraban momentos de recreo y enriquecimiento personal y colectivo ya casi nadie las recuerda. Ésas, las tertulias, son también una especie al borde –si no es que ya han desaparecido- de la extinción. ¿Quién de nosotros ha tenido esas reuniones con sus pares para, simplemente, conversar? Creo que ya casi nadie. Si no son reuniones de uno a uno, o bien reuniones de trabajo, las reuniones en modalidad tertulia se están prácticamente borrando del imaginario colectivo y eso es no sólo trágico, sino preocupante.
(Continuará).
miércoles, 10 de octubre de 2012
El ojo de la oscuridad
Haciéndose la oscuridad, un velo de negrura cae sobre esos rostros que de día uno encuentra en el super o en la fila para pagar algún servicio. No es lo mismo vernos la cara a la luz del sol que dentro de una de esas “vitrinas oscuras” como llamo a los antros. La oscuridad es, y ha sido, eterna aliada del misterio no por nada, pues su presencia atenúa, difumina, matiza y realza cual photoshop. No estoy hablando aquí del muy machacado tema de los efectos del alcohol sobre la apreciación de los atributos físicos de un potencial ligue, sino de un oscurecimiento positivo. Hay algo en la oscuridad que, de suyo, encanta, se desliza y nos hace perdernos en sus adentros.
Bajo el manto de la oscuridad suceden cosas que nunca podrán pertenecer al sunshine side of life. El lado oscuro no es sólo la noche, ni lo negativo o lo malo. Es una manera de ver las cosas. Es el permitirse percibir de manera libre, sin esas odiosas restricciones que nos imponen la luz del día y sus instituciones, sus normas y sus acartonadas estructuras. A veces es a la oscuridad a la que le dedicamos nuestras mejores creaciones porque de ella han nacido: cuando nadie lo ha visto de día, de seguro alguien lo podrá descubrir de noche.
Ése es el ojo de la oscuridad: el que te deja ver lo que no puedes ver de día, el que usa tu intuición para ver más allá de la lógica diurna; el que te pone a caminar al filo de una navaja sobre un aparente abismo con un colchón de salvamento al fondo (el que siempre estará ahí hasta que dejes de creer en él, si no, estás muerto). Claro está que siempre puedes elegir cerrar tu ojo de la oscuridad y regresar a la luz del día, a ver todo como los demás te dicen que debes verlo y a entender las cosas unívoca y unidireccionalmente.
Uniformar y homogeneizar, éstas son algunas de las finalidades más palpables de la luz del día. Cuando estás ahí, bajo el reflector de la luz del sol, la potencia es tal que ciega cualquier intento por abrir el ojo de la oscuridad. Todo es y debe ser de una –y sólo de una- forma. De ahí la mala fama de la oscuridad. Las instituciones no serían nada sin la legitimación que les dan los individuos que las erigen y creer que las cosas son de una sola forma posible, es lo que les ha dado cohesión a las estructuras que nos han normado a lo largo de la Historia.
Cuestionar, re-enfocar, replantear, apreciar matices, aristas y dimensiones no visibles a la luz del sol. Ésas son, entre muchas otras, las bondades de abrir el ojo de la oscuridad. Hoy le han querido llamar “innovación”, sin embargo la innovación sigue retomando lo que es aparente, lo que se ve bajo la luz del día; en ese sentido, innovar equivaldría a remodelar una casa cuando en realidad se puede construir no una casa, sino un hábitat personalizado desde los cimientos. Ver con el ojo de la oscuridad, en cambio, es posicionarse en ese espectro de lo no visto, de lo no perceptible para buscar entender lo que sea. Además, la innovación desafortunadamente ya se encuentra indefectiblemente atada al mundo de los negocios y al making money.
Ver con el ojo de la oscuridad es un lujo que está al alcance sólo de los que sabemos que éste existe. Ahora que lo sabes tú también, puedes elegir entre seguir escapándote a tu vitrina oscura preferida cada fin de semana, o bien, puedes preguntarte: ¿qué harás con él?
martes, 2 de octubre de 2012
Ésta, es toda la verdad…
Las cosas han ido bien desde mi llegada, tuve la suerte de poder entrar al mundo en una década en que la niñez estaba todavía libre de la paranoia que azota a los padres de mi edad y que nos hace unos halcones cuidando siempre a nuestros hijos de peligros inimaginables en aquella época de corbatas anchas y de colores desinhibidos, de ropa hecha de terlenka inarrugable y de televisores b/n con perillas que respondían a un golpecito cuando la imagen no era la óptima. Sí, las únicas preocupaciones eran las infames tareas escolares, tediosas, idiotizantes y mecanicistas que pretendían hacer del párvulo un amanuense virtuoso, cuyas habilidades estarían listas para ser desechadas -¿quién lo diría?- muy pocas décadas después gracias a los ordenadores.
Nadie te dice que éste es un mundo de agandalle, supongo que eso se debe a que, siendo cada uno el triunfador de entre cientos de millones de espermatozoides, se esperaría que fuera una actitud inherente a cada uno de nosotros. Pero esto no siempre es así, y lo que en ciertos contextos culturales resulta natural, en otros, nada más no termina de encajar. Queda claro de qué lado se encuentra México si observamos el claro ejemplo de las conductas necesarias al partir la piñata. ¿Será que este es uno de los pocos países en donde esa conducta del agandalle o aperre sea no sólo prohijada, sino hasta exaltada? Ésta puede ser parte de la respuesta a lo que nos falta como Nación en términos de solidaridad y de colectivización.
Aprendí rápido y, afortunada o desgraciadamente –dependiendo de quién lo diga-, no fue algo difícil para mí. La supervivencia me venía bien en un mundo que, girando cada vez más rápido, tenía más peligros ya que “los robachicos” o “el señor del costal” de la época de mis padres. Y a este mundo, lleno de colores, de olores, de gente tan diferente una de la otra, de mil y un formas de pensar y de entender, llegué con una visión desenfocada como ya dije, un corazón lleno de esperanza en lo terreno y de fe en lo divino, un alma que ha servido como insustituible timón de mando en situaciones extremas y un cuerpo listo para experimentar la vida.
Recuerdo que, vista desde otra perspectiva, la Tierra puede parecer un pequeño punto azul en el espacio (como dice un comercial de TV de cierta afamada tarjeta de crédito); es un punto ínfimo, minúsculo y casi imperceptible dentro de la descomunal inmensidad del Universo. Sin embargo, es un puntito en el que caben muchísimas cosas, algunas sublimes, otras simplemente abominables. Se me ocurre preguntar si es que este punto es el único destino posible o si es que existen algunos otros donde pudiéramos hacer escala. Creo que esta es una pregunta inconducente, al menos por el momento, dado que -hasta el momento- no sé de alguien que válidamente me la pueda responder.
Pero volviendo al equipo de llegada, la verdad es ésa. No hay nadie que pueda decirte con qué cosas llegaste armado al mundo y qué es lo que te hace falta o qué es lo que te sobra. Esas son cosas que sólo la experiencia, la búsqueda del autoconocimiento y la observación te pueden dar. ¿Cómo saber si eres capaz de sobreponerte a tal o cual situación? Sólo viviéndola y aplicando todo aquello de lo cual dispones para salir a flote. Ése es el riesgo y ésa, la recompensa. Morir en el intento, pero intentar sobrevivir.
Sí, es cierto, hay mucho más que sólo blanco y negro: están el rojo, el amarillo, el verde, el azul, etc., pero no el gris. La parte gris, la de la indeterminación y del dejarse llevar a la deriva nunca han sido mi definición de vida. Esquivar la mirada, beber sin saborear, hablar bajo, caminar a pasos cortos, respirar a medias, morir a medias. Vivir sin estar vivo y morir estando muerto, prefiero la nada.
sábado, 29 de septiembre de 2012
Azul terciopelo
“Estábamos sentadas en puntos equidistantes en una cafetería de esas que abundan, donde el café es más ácido que muchas de las conversaciones que ahí tienen lugar. La miraba y no atinaba a saber su edad. Lo único que llamaba mi atención era su escote pronunciado enmarcado por un suéter de color azul pálido y la cabellera enrojecida y rizada, libre y suelta, tan rara en días en que las mujeres proclaman su libertad apagando la luz y cubriéndose con las sábanas para no ser vistas mientras hacen el amor. La rodeaban algunas personas de edad avanzada y, al parecer, no tan vivaces como ella”.
Mientras, en el diván de su consultorio, mi analista escudriñaba en mi mente, al tiempo que yo me sentía acariciada por el terciopelo azul del mueble y me dejaba invadir en una nube de recuerdos como si retroceder a la imagen me hubiera transportado a un momento de felicidad inexplicable.
¿Quién era esa mujer y por qué su presencia había llamado tan poderosamente mi atención? Esto fue así durante todo el tiempo que permanecí en aquel lugar y no dejaba de sentir su mirada posarse sobre mi cuello, ni sobre mi cabello recogido en una colita de caballo aparentemente inocente que dejaba entrever mi gusto por el desorden, la lujuria y las emociones desbordadas. Todo había comenzado cuando mi mirada se había tropezado inicialmente con el rostro macilento de otra mujer de cabellos lacios y atuendo aburrido, y ahí, en segundo plano estaba ella. La que daba vida a aquella mesa llena de gente vetusta. ¿Cómo era posible que un rostro opaco y apagado como el de la primera mujer coexistiera con el que identificaba a ese personaje aparentemente lleno de energía y libertad?
-“No, no es cierto”-. Eso fue lo que pensé cuando Norma, mi analista, me decía que la imagen de esa mujer era la imagen de mis deseos reprimidos. –“Y qué, ¿debo entonces suponer que ella es lo que quiero? –“No”, dijo ella. –“Lo que debes entender es por qué te atrajo tanto, tal vez se trata de una imagen de cómo es que tú quisieras ser vista o, incluso, de cómo quisieras verte a ti misma”. Sentí entonces que el hasta entonces acogedor y envolvente terciopelo azul me escupía como cuando el mar regresa algo que no le es propio en una ola fuerte. Ése era el punto. Mi fetiche momentáneo representaba el ideal de mí misma. Salí a buscarla.
La busqué entre las puertas que separan las imágenes ficticias de los recuerdos más o menos reales; la busqué entre los recuerdos que deja la ropa que ya no uso y entre los libros que no he leído últimamente. Fui a ver si estaba entre los sueños que poblaron mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Se me ocurrió también ir en su busca en los sabores que no he vuelto a probar, en los olores que he dejado de percibir y en los sonidos que ya no escucho más. Nadie me dijo nada. Sólo encontré piezas de la mujer que creo que soy, pero no sé si lo que encontré es realmente lo que soy.
¿Quién decide si lo que decimos ser es lo que realmente somos? ¿En qué punto lo que decimos ser se vuelve uno con lo que parecemos ser? ¿A quién creerle? ¿Al yo o a los otros? ¿Quién puede, válidamente, decir que sabe exactamente quién es?
El diván de mi analista me vio regresar unas cuantas veces más para ahondar en esa búsqueda infructuosa de una imagen, de una identidad propia a la cual asirme para no ir buscando imágenes encarnadas en personajes de cafetería de comida rápida. Nada ni nadie ha sido capaz de darme una idea completa de quién soy o de cómo es que los demás me perciben. Tampoco me ha sido posible saber si lo que yo percibo como mi yo es una sola cosa con lo que los otros ven de mí. Creo que esas preguntas son necesarias en algún punto de la vida, pero sólo como escalas en el viaje, no como destinos del mismo. Creer que es posible entender de manera total cómo los demás son un espejo de uno, y al mismo tiempo, cómo uno lo es de ellos, es algo cercano a pensar que se puede escuchar el silencio y que se puede ver la oscuridad. Sólo el azul terciopelo es real.
martes, 31 de julio de 2012
Como si escribir fuera tan fácil...
Caminaba por la calle con esas piernas frágiles que dicen que Dios le dio, iba sobre unos tacones altísimos -tan de moda- y enfundada en un vestido negro que apenas si alcanzaba a cubrir lo esencial de su enclenque figura. Cruzó la avenida casi sin voltear a los lados, segura de que ese día lo seguiría contando entre los que se amontonaban en el calendario de su vida. Nada más subir al taxi que la llevaría a su cita, recordó cómo había dejado las llaves de la casa guardadas en el escritorio de la oficina. Eso cambiaba todo. Si las cosas no salían como esperaba, no tendría cómo regresar a su casa por la noche y tendría que ingeniárselas para aparecer por la mañana del día siguiente con el mismo vestidito negro en la oficina, puntual como siempre y fingiendo demencia ante las miradas burlonas y suspicaces de sus compañeros de trabajo. Ojalá que las cosas fueran diferentes, porque regresar ya no era una opción. Tardaría al menos una hora más en ir y volver, eso sin contar que, de verla de nuevo ahí, su jefe seguramente le encontraría alguna ocupación nueva y que seguramente no podría incluirse en su reporte de actividades.
La vida la puso en ese lugar y no había mucho que hacer al respecto. Mientras el taxista iba hablando por un celular tipo "ladrillo" (¿todavía servía?), la gente y el tránsito le parecían algo tatuado en el paisaje ceniciento de las calles. Todo era como un escenario de esos que se utilizaban en las caricaturas antiguas, una banda sin fin que se repetía una y otra vez, con las mismas cosas, las mismas caras, los mismos colores, los mismos sonidos. Todo igual, una y otra vez. Sabía que aunque llegara tarde no sería tanto el problema, porque la esperarían, eso era seguro; pero regresar a la oficina casi vacía no era una opción.
La voz del taxista interrumpió la rumiadura monótona de sus pensamientos, había llegado y eran ochenta pesos -ni que la hubiera llevado al fin del mundo-... En fin, los pagó sabiendo que era una sola vez la que haría esto. Subiendo los escalones pequeños y enjutos no supo reconocer su miedo en la aceleración de su corazón, simplemente recordó todos los días que había estado atada a esa silla detrás de la mampara otrora verdinegra y que ahora ostentaba ese color azul chillón queriendo-verse-moderno y se sintió sofocada. No se iba a echar para atrás. No, no, no. Ya estaba ahí y ahora no había de otra. Se venía auto-convenciendo de que no pasaba nada, de que nadie lo iba a saber, de que era dinero fácil, de que nada más era esta vez y ya... Y se preguntaba mil y más cosas: ¿Qué tal si alguien la había visto entrar ahí? ¿Qué pasaría si quien estaba esperándola resultaba ser un conocido o un conocido de un conocido? Todo se sabría. ¿Y qué tal si le gustaba? ¿Y si dentro de todo, no era la que ella creía ser? ¿Y si le pasaba algo? Tardarían días en encontrarla ahí, pero para todo eso, ya era tarde y se encontraba frente a la puerta.
"Pásale", escuchó cuando se abrió la puerta. Ni siquiera quiso ver bien la cara del ser que había estado ahí, esperando su arribo concertado por medio de una conocida que no había sido muy buena para darle más detalles del encuentro, y que sólo dijo que "pagaba muy bien" y que "era una persona muy educada y decente". El dinero era lo más importante de todo, o al menos así le pareció en un principio, cuando Claudia le dijo que era fácil hacerlo para sacar "un muy buen dinerito extra". Pero no, no era así. Estando ya ahí, con nada más que sus tristes trapos -los mejorcitos que tenía- y su menuda humanidad, ya sin más salida que ponerse a la disposición del "cliente", se sintió poderosa. Era un poder que nunca había sentido antes. Era capaz de ponerse ante ese postor que pidió un rato de evasión de la realidad con una extraña y podía darle lo que quisiera: ella y sólo ella era la única con la facultad para hacerlo gozar y sentir. Ella, esa mujer tantas veces vejada por hombres casi lampiños, de manos torpes, mal aliento y vientres dilatados. Todos esos, bueno, no tantos, la habían utilizado. Nunca había sentido nada con ellos, menos aún poder. Ahora, todo era diferente.
Todo sucedió muy rápido, más de lo que ella hubiera deseado. Pero el poder, ah! esa droga maravillosa la tenía aún experimentado su primer orgasmo. Algo tan inagotable como el agua del mar y tan profundo como la mirada del Universo en el fondo del corazón de un recién nacido. No quería que terminara y, sin embargo, terminó; pero esta vez no estaba esperando nada, ni un abrazo, ni una caricia, nada. Sólo se sentía increíblemente fuerte. Contó el dinero, como hay que hacer siempre y se dirigió a la salida, no sin antes darle las gracias a su primer amante de verdad. Bajando las escaleras, tomó su celular: "¿Claudia? Sí, soy yo, todo perfecto. Oye, ¿tienes otro clientecito?".
martes, 15 de mayo de 2012
Historias de gatos
lunes, 30 de abril de 2012
Mi salita rodante: mi otro yo
domingo, 22 de abril de 2012
La plaga poética: ¡Feliz Día de la Tierra 2012!
martes, 13 de marzo de 2012
Martes 13 y los idus de Marzo
Abro las ventanas por la mañana, lo único que me refresca entonces es la sensación del día que nace y la del sol que no esplende aún. Son esos momentos previos al acalorado trajín de las veinticuatro horas que se tienden ante mí, los que me hacen mantener la fe viva en mi corazón. De otra manera, sin la posibilidad de ver el sol salir ante mi y sin sentir la brisa matinal que sacude mis temores enraizados por la noche llena de sueños densos y acalorados, la vida tendría menos sentido del que ya tiene.
Un martes trece ya casi fenece y su racha ha sido una insabora, incolora e inodora. Ya no los hacen como antes, ya ni siquiera tuve ese sentir de indefensión ante lo inesperado, ya sabía que hoy nada sucedería... Pero los idus de marzo, ésos, aún no han terminado, tal y como le indicaría el augur al César en su camino al Senado adonde sería apuñalado hasta la muerte.
¿Qué traerán en su ráfaga esos idus que se avecinan, oscuros, insondables e intangibles aún? No lo puedo saber, aún no he liberado del todo a la pitonisa que llevo dentro, lo único que puedo saber es que abriré las ventanas una vez más esperando recibir la brisa fresca y limpia que cada mañana me devuelve la fe en el mundo y me hace elevarme por encima de mis pesadillas.
Salve, Regina, Mater Misericordiae
vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules filii Hevae.
Ad te suspiramus, gementes et flentes,
in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo, advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos ad nos converte;
et Iesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exilium ostende.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.
Amen.
sábado, 3 de marzo de 2012
Celebrar la vida
Dos años han pasado y ni uno solo de sus días ha transcurrido sin maravillarme y sin sorprenderme por la infinita complejidad que es la crianza de un hijo, y sí, supongo que para las mujeres de otros tiempos no había tiempo para tantas perplejidades y ensimismamientos, pues con cinco, seis y -en no pocas ocasiones- hasta doce o más hijos, lo único que existía era el día a día y la vida que las llevaba si no de la mano, más bien en un ritmo parecido al de una locomotora en aceleración constante e incesante, y sin embargo, sorprendentemente para nosotras, madres a lo sumo de tres o cuatro infantes, lograban darse tiempo para realizar tareas en apariencia insignificantes como manualidades, pero que les proporcionaban espacios -mínimos si se quiere- de distensión de los quehaceres diarios.
Hoy, nosotras, las mujeres del siglo XXI estamos tan ocupadas tratando de entender, resolver y hacer que otros entiendan el mundo, que nos estamos perdiendo ya no en el ritmo de la locomotora, sino en una fuerza centrífuga que nos está alejando constante e inexorablemente del centro de la esencia del ser humano. Y aclaro que esta fuerza centrífuga también afecta a los hombres, pero en este momento hablo de las mujeres por ser un tema que conozco bien desde adentro.
Es esta fuerza la que hace que ni siquiera podamos encontrar el tiempo para escribir -tal como en estos momentos lo hago-, o para leer o para realizar cualquier actividad que resulte de nuestro interés... ¿A dónde demonios se fue el tiempo? ¿Cuándo se acortaron los días que no nos dimos cuenta? ¿Será que, sin percatarnos de ello, alguien nos va recortando los minutos, las horas, los días en nuestros relojes para que - de manera similar a lo que sucedía en Underground (Emir Kusturica, 1995)- nuestros días transcurran aceleradamente y sin ton ni son? ¿A dónde quedó el tiempo necesario para reflexionar y pensar, o simplemente, para recrearnos y reencontrarnos?
Si sólo nos vamos a quedar con las fechas especiales como aquellas que utilizamos de referentes para nuestros hitos personales -así como yo lo hice con el segundo cumpleaños de mi niña-, nos estamos perdiendo del resto de nuestras vidas. ¿Dónde están tus amaneceres, tus mañanas, tus mediodías, tus tardes, tus atardeceres, tus noches? ¿Se los están llevando por delante las manecillas del reloj? La vida es hoy, es este instante, es el momento en que despiertas, el momento en que ves caer la luz del sol sobre el follaje de un árbol, o cuando escuchas la voz de alguien que amas. No esperes a que sea el cumpleaños de alguien para decirle que lo amas, vive hoy, no pospongas en lo importante, aunque suene a reiteración de esos mensajes que abundan por correo electrónico con historias tristes sobre el amigo ya muerto al que nunca le dijeron cuánto lo querían.
Frágil y hermosa como es, la vida merece ser celebrada todos y cada uno de nuestros días, porque, al final de cuentas nunca sabremos cuando llegará un meteorito que nos hará a todos regresar al polvo de estrellas de donde venimos.
lunes, 21 de noviembre de 2011
El Buen Fin... ¿Para quién?

Ante toda la alharaca que ha rodeado al ya casi agonizante Buen Fin, no dejo de percibir una sensación, muy similar a la que experimentaba cuando, de niña, me aseguraban que la existencia del gordo barbón vestido de rojo o de los tres reyes bíblicos era real, con la consabida instrucción para que esperara pacientemente a que estos personajes procedieran a premiar -o no- mi comportamiento durante el año... De manera semejante, la expectativa generada por la iniciativa privada, el sector público y los ineludibles medios de comunicación en torno a las esperadas ofertas y promociones de estos días, se antojan un premio lleno de mezquindad para los ya muy aporreados bolsillos y presupuestos familiares de nuestra gente; más parecieran una recompensa burlona a su paciencia, aguante y estoicismo -o peor aún, la penúltima apuesta (no olvidemos la Navidad) de las grandes empresas para exprimir las últimas gotas de los raquíticos salarios-, que una verdadera oportunidad para adquirir bienes y servicios a precios realmente competitivos.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Del barro a Ferragamo o de la HH (Humanidad Huérfana)

¿¿Qué sentirá alguien que tiene a sus pies a miles de seres humanos coreando sus canciones o imitando cada una de sus gesticulaciones y movimientos?? Eso debe ser lo más cercano a sentirse un dios (con "d" minúscula, ya que no se trata de Dios, la fuerza creadora omnipotente, omnisciente y omnipresente, y poseedora de todos los demás omni). A alguien debe habérsele ocurrido la estupenda idea de permitir el encumbramiento de esos ídolos de pies de barro que inundan nuestras vidas y que, empujados por la mercadotecnia, buscan hasta la más pequeña grieta en el dique de nuestra cordura y nuestro raciocinio para introducirse y fijarnos de la manera más arbitraria y despótica parámetros absurdos que ya no sólo tienen que ver con la apariencia física, sino que van más allá y dictan actitudes, puntos de vista, opiniones y, si me es dable usar los términos, hasta ideologías y cosmovisiones.
Ver a esas multitudes enardecidas (y de las cuales, tengo que confesarlo, en algunas ocasiones he formado parte) me hace recrear la escena sustituyendo el escenario por algo más parecido a un altar y al artista por un sacerdote o personaje investido de algún poder sobrenatural... y entonces sobreviene la idea: ¿A quién le beneficia que las masas se congreguen incansablemente en torno de estas figuras? ¿A dónde se va toda la energía, el nervio, la pasión, la emoción -y en sí, el alma- de cada una de las personas que se aglutina en torno de esos seres elegidos -tal vez no tan azarosamente como se nos ha querido hacer creer con sus tristes historias donde comenzaron como meseros, o bien lavando baños o en oficios poco glamorosos-? ¿Qué estamos haciendo nosotros, la humanidad, para merecer tener a esos falsos ídolos que se llenan de dinero los bolsillos cada vez que uno tararea alguna de sus melodías, o cada vez que uno va al cine a verlos aparentar ser quienes quisieran ser en realidad? ¿Cuándo perdimos los sesos de manera tal que uno de esos personajes se convierta en líder de opinión?
No quiero simplemente descalificarlos por el solo hecho de ser famosos, pero resulta absurdo e insostenible ante el mínimo asomo de cualquier lógica rudimentaria y elemental que una persona dada, por el hecho de congregar multitudes a raíz de una actividad que implica poco o nada de racionalidad como el tan traído y llevado arte, pueda, de pronto y espontáneamente permitirse opinar y codearse con líderes, jefes de Estado y otras tantas figuras (y que, en la mayoría de las ocasiones desafortunadamente tampoco merecen tan respetuoso tratamiento) e imprimir con ellas un impacto que trasciende el tiempo y el espacio generando olas de opinión y con ello, tendencias que se replican como la marea a lo largo de los océanos de nuestra -insisto- mal llamada "civilización".
De manera simultánea a los miles, cientos de miles y millones de seres humanos congregados alrededor de esas figuras, también existen miles, cientos de miles y millones de seres humanos sobreviviendo, tal vez ni siquiera ya alcanzando a preguntarse la razón de su existir sobre esta ingrata Tierra por falta de fuerzas para pensar y guardando sus últimas reservas de energía para respirar y esperar a que amanezca una vez más, con la inútil promesa de que tal vez ese nuevo día les traiga la respuesta a sus ingentes necesidades... Y ahí, oh, fortuna! surge un famoso caritativo y digno de ser seguido, uno de entre ellos -los ídolos con pies de barro calzado de Ferragamo-, que se convierte en embajador de la buena voluntad o que crea alguna organización que abandere alguna causa altamente lucrativa mercadológicamente hablando, y entonces -y sólo entonces-, muchos de nosotros volteamos a ver esas causas y a esos seres humanos que de otro modo pasan tristemente desapercibidos por todos nuestros gravísimos y profundos problemas de nuestro insignificante e intrascendente día a día.
Todo esto no deja entrever más que se trata de un sistema perfectamente orquestado por alguna mente más demoniaca que el mismo Diablo (recuérdese que el tan mentado Satán es, en principio de cuentas y sin desconocer la existencia de fuerzas que escapan a la comprensión humana, una designación hecha de, por y para los hombres): la búsqueda de figuras a las cuales seguir, ha sido y es una constante entre el género humano; nuestra sed de líderes es insaciable e interminable. Sin embargo, los líderes y figuras en los tiempos en que ya no se puede estar a lo que el sacerdote predicaba desde el púlpito y donde la información hueca y sinsentido nos inunda en todo momento a velocidades abrumadoras, deben ser más coloridos, sus actitudes deben ser más chocantes y provocar impactos, que a pesar de ser más transitorios, se sienten más profundos.
Proclamamos estar en la era de la información y del conocimiento, pero ¿cuántos de nosotros no caemos rendidos ante el inexplicable impulso de acudir a esas congregaciones multitudinarias, o si no, de seguir las reliquias de algún santo, beato o entidad destinada a la deificación masificante (término que me estoy permitiendo acuñar para dar a entender que si bien se trata de algo relacionado con las masas humanas, además las congrega a su alrededor)? La sensación de azoro que produce el fundamentalismo católico del muchacho que planeaba masacrar a los opositores del Papa en funciones durante su visita a España, no es menor que la que produce el saber que aún el día de hoy, se promueven prácticas que huelen a Edad Media y donde sólo estamos a la espera de observar la procesión del santo, beato o figura en cuestión rodeada de un colorido desfile de juglares y demás personajes dignos de la picaresca.













