sábado, 29 de septiembre de 2012

Azul terciopelo


Se trouve autant de différences de nous à nous-mêmes que de nous à autrui.
(Essais, Michel de Montaigne)


“Estábamos sentadas en puntos equidistantes en una cafetería de esas que abundan, donde el café es más ácido que muchas de las conversaciones que ahí tienen lugar. La miraba y no atinaba a saber su edad. Lo único que llamaba mi atención era su escote pronunciado enmarcado por un suéter de color azul pálido y la cabellera enrojecida y rizada, libre y suelta, tan rara en días en que las mujeres proclaman su libertad apagando la luz y cubriéndose con las sábanas para no ser vistas mientras hacen el amor. La rodeaban algunas personas de edad avanzada y, al parecer, no tan vivaces como ella”. 

Mientras, en el diván de su consultorio, mi analista escudriñaba en mi mente, al tiempo que yo me sentía acariciada por el terciopelo azul del mueble y me dejaba invadir en una nube de recuerdos como si retroceder a la imagen me hubiera transportado a un momento de felicidad inexplicable.

¿Quién era esa mujer y por qué su presencia había llamado tan poderosamente mi atención? Esto fue así durante todo el tiempo que permanecí en aquel lugar y no dejaba de sentir su mirada posarse sobre mi cuello, ni sobre mi cabello recogido en una colita de caballo aparentemente inocente que dejaba entrever mi gusto por el desorden, la lujuria y las emociones desbordadas. Todo había comenzado cuando mi mirada se había tropezado inicialmente con el rostro macilento de otra mujer de cabellos lacios y atuendo aburrido, y ahí, en segundo plano estaba ella. La que daba vida a aquella mesa llena de gente vetusta. ¿Cómo era posible que un rostro opaco y apagado como el de la primera mujer coexistiera con el que identificaba a ese personaje aparentemente lleno de energía y libertad?

-“No, no es cierto”-. Eso fue lo que pensé cuando Norma, mi analista, me decía que la imagen de esa mujer era la imagen de mis deseos reprimidos. –“Y qué, ¿debo entonces suponer que ella es lo que quiero? –“No”, dijo ella. –“Lo que debes entender es por qué te atrajo tanto, tal vez se trata de una imagen de cómo es que tú quisieras ser vista o, incluso, de cómo quisieras verte a ti misma”. Sentí entonces que el hasta entonces acogedor y envolvente terciopelo azul me escupía como cuando el mar regresa algo que no le es propio en una ola fuerte. Ése era el punto. Mi fetiche momentáneo representaba el ideal de mí misma. Salí a buscarla.

La busqué entre las puertas que separan las imágenes ficticias de los recuerdos más o menos reales; la busqué entre los recuerdos que deja la ropa que ya no uso y entre los libros que no he leído últimamente. Fui a ver si estaba entre los sueños que poblaron mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Se me ocurrió también ir en su busca en los sabores que no he vuelto a probar, en los olores que he dejado de percibir y en los sonidos que ya no escucho más. Nadie me dijo nada. Sólo encontré piezas de la mujer que creo que soy, pero no sé si lo que encontré es realmente lo que soy.

¿Quién decide si lo que decimos ser es lo que realmente somos? ¿En qué punto lo que decimos ser se vuelve uno con lo que parecemos ser? ¿A quién creerle? ¿Al yo o a los otros? ¿Quién puede, válidamente, decir que sabe exactamente quién es?

El diván de mi analista me vio regresar unas cuantas veces más para ahondar en esa búsqueda infructuosa de una imagen, de una identidad propia a la cual asirme para no ir buscando imágenes encarnadas en personajes de cafetería de comida rápida. Nada ni nadie ha sido capaz de darme una idea completa de quién soy o de cómo es que los demás me perciben. Tampoco me ha sido posible saber si lo que yo percibo como mi yo es una sola cosa con lo que los otros ven de mí. Creo que esas preguntas son necesarias en algún punto de la vida, pero sólo como escalas en el viaje, no como destinos del mismo. Creer que es posible entender de manera total cómo los demás son un espejo de uno, y al mismo tiempo, cómo uno lo es de ellos, es algo cercano a pensar que se puede escuchar el silencio y que se puede ver la oscuridad. Sólo el azul terciopelo es real.

martes, 31 de julio de 2012

Como si escribir fuera tan fácil...



Caminaba por la calle con esas piernas frágiles que dicen que Dios le dio, iba sobre unos tacones altísimos -tan de moda- y enfundada en un vestido negro que apenas si alcanzaba a cubrir lo esencial de su enclenque figura. Cruzó la avenida casi sin voltear a los lados, segura de que ese día lo seguiría contando entre los que se amontonaban en el calendario de su vida. Nada más subir al taxi que la llevaría a su cita, recordó cómo había dejado las llaves de la casa guardadas en el escritorio de la oficina. Eso cambiaba todo. Si las cosas no salían como esperaba, no tendría cómo regresar a su casa por la noche y tendría que ingeniárselas para aparecer por la mañana del día siguiente con el mismo vestidito negro en la oficina, puntual como siempre y fingiendo demencia ante las miradas burlonas y suspicaces de sus compañeros de trabajo. Ojalá que las cosas fueran diferentes, porque regresar ya no era una opción. Tardaría al menos una hora más en ir y volver, eso sin contar que, de verla de nuevo ahí, su jefe seguramente le encontraría alguna ocupación nueva y que seguramente no podría incluirse en su reporte de actividades.

La vida la puso en ese lugar y no había mucho que hacer al respecto. Mientras el taxista iba hablando por un celular tipo "ladrillo" (¿todavía servía?), la gente y el tránsito le parecían algo tatuado en el paisaje ceniciento de las calles. Todo era como un escenario de esos que se utilizaban en las caricaturas antiguas, una banda sin fin que se repetía una y otra vez, con las mismas cosas, las mismas caras, los mismos colores, los mismos sonidos. Todo igual, una y otra vez. Sabía que aunque llegara tarde no sería tanto el problema, porque la esperarían, eso era seguro; pero regresar a la oficina casi vacía no era una opción.

La voz del taxista interrumpió la rumiadura monótona de sus pensamientos, había llegado y eran ochenta pesos -ni que la hubiera llevado al fin del mundo-... En fin, los pagó sabiendo que era una sola vez la que haría esto. Subiendo los escalones pequeños y enjutos no supo reconocer su miedo en la aceleración de su corazón, simplemente recordó todos los días que había estado atada a esa silla detrás de la mampara otrora verdinegra y que ahora ostentaba ese color azul chillón queriendo-verse-moderno y se sintió sofocada. No se iba a echar para atrás. No, no, no. Ya estaba ahí y ahora no había de otra. Se venía auto-convenciendo de que no pasaba nada, de que nadie lo iba a saber, de que era dinero fácil, de que nada más era esta vez y ya... Y se preguntaba mil y más cosas: ¿Qué tal si alguien la había visto entrar ahí? ¿Qué pasaría si quien estaba esperándola resultaba ser un conocido o un conocido de un conocido? Todo se sabría. ¿Y qué tal si le gustaba? ¿Y si dentro de todo, no era la que ella creía ser? ¿Y si le pasaba algo? Tardarían días en encontrarla ahí, pero para todo eso, ya era tarde y se encontraba frente a la puerta.

"Pásale", escuchó cuando se abrió la puerta. Ni siquiera quiso ver bien la cara del ser que había estado ahí, esperando su arribo concertado por medio de una conocida que no había sido muy buena para darle más detalles del encuentro, y que sólo dijo que "pagaba muy bien" y que "era una persona muy educada y decente". El dinero era lo más importante de todo, o al menos así le pareció en un principio, cuando Claudia le dijo que era fácil hacerlo para sacar "un muy buen dinerito extra". Pero no, no era así. Estando ya ahí, con nada más que sus tristes trapos -los mejorcitos que tenía- y su menuda humanidad, ya sin más salida que ponerse a la disposición del "cliente", se sintió poderosa. Era un poder que nunca había sentido antes. Era capaz de ponerse ante ese postor que pidió un rato de evasión de la realidad con una extraña y podía darle lo que quisiera: ella y sólo ella era la única con la facultad para hacerlo gozar y sentir. Ella, esa mujer tantas veces vejada por hombres casi lampiños, de manos torpes, mal aliento y vientres dilatados. Todos esos, bueno, no tantos, la habían utilizado. Nunca había sentido nada con ellos, menos aún poder. Ahora, todo era diferente.

Todo sucedió muy rápido, más de lo que ella hubiera deseado. Pero el poder, ah! esa droga maravillosa la tenía aún experimentado su primer orgasmo. Algo tan inagotable como el agua del mar y tan profundo como la mirada del Universo en el fondo del corazón de un recién nacido. No quería que terminara y, sin embargo, terminó; pero esta vez no estaba esperando nada, ni un abrazo, ni una caricia, nada. Sólo se sentía increíblemente fuerte. Contó el dinero, como hay que hacer siempre y se dirigió a la salida, no sin antes darle las gracias a su primer amante de verdad. Bajando las escaleras, tomó su celular: "¿Claudia? Sí, soy yo, todo perfecto. Oye, ¿tienes otro clientecito?".


martes, 15 de mayo de 2012

Historias de gatos

El primer acto es libre en nosotros; somos esclavos del segundo.- Mefistófeles 
(Fausto, Johann Wolfgang von Goethe).

¿Cuál habrá sido el primer gato con el que me topé en la vida? De seguro fue uno de los que alimentaba en su rancho mi Nona para mantener a raya a los ratones, ratas, cuijes y demás fauna del altiplano considerada como nociva por la gente de campo; desde que tengo memoria los felinos han estado ahí, presentes con sus gestos y andares indescifrables. Muchas veces los perseguí hasta el cansancio -suyo y mío- hasta el punto de haber así ocasionado la muerte de uno muy pequeño que amaneció tieso y con la mirada perdida en el infinito junto al establo. "Lo espantó una vaca", dijeron los trabajadores, sin saber que quien lo había perseguido, acorralado y cansado hasta dejarlo exangüe, había sido yo. El gatito, pinto de color blanco y negro, pagó así el precio de resultarme irresistible, tanto que, queriendo tocarlo, lo maté. 

Ya con más cuidado -para no matarlos de cansancio-, continué observándolos y siguiéndolos para conocerlos más. Ya no quería tocarlos, tan sólo los seguía con la mirada para tratar de adivinar sus movimientos, algo que resultó difícil en extremo y en lo cual no siempre tenía éxito. Entendí, pasado un tiempo, que lo mejor sería simplemente observarlos, sin tratar de adivinar nada; aunque de vez en vez, cuando lograba entrar al cuarto de enfriar la leche y me los topaba de frente, los miraba fijamente esperando que, tal vez, un día, uno de ellos me espetara una maldición o iniciara una conversación conmigo. No sucedió así (afortunadamente para mi familia, pues en caso contrario -como diría Mafalda- la cuenta del sicoanalista se hubiera ido a las nubes).

Hubo algunos más cercanos que otros, recuerdo el que pertenecía a mi prima, uno de color negro, pequeño, esbelto y mucho más inteligente que muchos de mis congéneres: doblaba con la pata la esquina de la alfombra de la sala de televisión y acomodaba ahí la cabeza para ver el aparato al igual que sus dueños; otro más, también pinto de color café y blanco me hizo cumplir con el karma de aquel gatito muerto en el establo, pues estando muy enfermo y queriendo salvarlo, lo llevé desde donde vivía hasta una veterinaria durante todo un viaje de carretera, sólo para que al llegar ahí, el veterinario me dijera que lo mejor era despedirlo del mundo para que ya no sufriera.

En mi primer trabajo importante, un gatito me iba a visitar casualmente cuando más estresada o preocupada me encontraba, y me hacía compañía con sus maullidos hasta que la idea adecuada llegaba a mi mente; también están aquellos gatos que oportunamente se han aparecido en mi camino cuando sin saberlo me encontraba en peligro o cuando las situaciones no eran fácilmente explicables por medios racionales. El último, una gata siamesa que ha venido a visitarme a mi ventana, me recuerda la relación tan especial que he tenido con ellos durante toda mi vida. 

Los gatos, como todo en este mundo, tienen a sus partidarios fervientes y a sus acérrimos detractores. Existen tradiciones antiguas que no les dan el trato más favorable -cosa que también ocurre con su competencia, los perros-, y hasta se les ha quemado junto a sus amas acusadas de brujería; así, entre los nia (Sumatra) se les ha tachado de servidores de los infiernos, mientras que los egipcios antiguamente los veneraban, pues se consideraba que protegían al hombre de sus enemigos ocultos. Así, odiados por muchos, temidos por otros, amados por unos más, los gatos encarnan el arquetipo de muchas de sus cualidades (o defectos, según se trate de un fan o de un hater), y no creo que dejen de sorprenderme por su gracia y agilidad, mientras me sigo preguntando el por qué de su eterno gesto desdeñoso.

Finalmente, debo decir que aunque sé que no a todo el mundo le gustan los gatos, también estoy segura de que no todos somos de su agrado.

lunes, 30 de abril de 2012

Mi salita rodante: mi otro yo




Las hay de tantos colores como se las pueda uno imaginar; con diseños extravagantes, unas más refinadas, deportivas, conservadoras o ultramodernas; con tendencia a la sinuosidad o bien de austeras líneas rectas; compactas o desmesuradamente aparatosas; y, por supuesto para todos los bolsillos y presupuestos. Pero eso sí, casi todos sueñan con tener una... 

Cuando adquirimos la primera -o nos la regalan, si es que somos así de afortunados-, no cabemos de felicidad: tenemos ya nuestra propia salita rodante. Sí, ese aparato que nos llevará a donde queramos, cuando queramos y -lo más importante de todo- con quien queramos. Se convierte, desde ese momento, en un quasi miembro de la familia. Para todo la incluimos y en todos los planes hay que contemplarla. No hay momento en que no sea de importancia y hay quienes en realidad, pasan más tiempo en ella que con su familia nominal, ya sea porque el tráfico intenso de su ciudad así se los impone (la Ciudad de México es uno de los escenarios que ha visto verdaderas e intrincadas historias surgidas de la relación de tales aparatos con sus propietarios) o bien, por el puro gusto de disfrutar el espacio personalísimo que sólo una salita rodante puede brindar.

¿Quién no ha pasado tanto momentos memorables como capítulos nefastos de su vida en su salita rodante? En ellas se puede comer, dormir, cantar, reír, llorar, pensar, pasear, divagar, trabajar, leer, escribir, imaginar y casi todo lo que uno puede hacer en la sala de su casa. Actualmente hasta se puede ver la TV, a riesgo por supuesto, de ocasionar un accidente de tránsito. Dejo también aparte a quienes hablan por teléfono celular, e incluso, envían mensajes de texto o van actualizando sus perfiles en las redes sociales mientras con una rodilla van maniobrando sin ver en realidad, para no chocar. Estos y los de la TV a bordo, no tienen un nombre que se pueda publicar sin lastimar susceptibilidades. Simplemente son detestables y absolutamente condenables. Se han tomado a pecho lo de "salita rodante" y la utilizan como un sitio de recreación familiar o personal, sin medir las consecuencias que para los demás pueden llegar a tener sus elecciones de esparcimiento. No es necesario reproducir aquí las cifras de accidentes vehiculares de consecuencias fatales que, año con año, se producen por estas aparentemente inofensivas conductas.

Cuando nos ponemos al frente del volante de la salita con ruedas se nos olvida que se trata de un artefacto que pesa, en lo general, más de una tonelada, es decir mil kilogramos. Imaginemos entonces, por un momento, que adquirimos las dimensiones que implicaría tener ese peso y que podemos alcanzar velocidades superiores a los 100 Km/Hr, cuando en realidad el peso de un mexicano promedio no excede de los 75 kgs y la velocidad del hombre más rápido sobre la faz del mundo (Usain Bolt) actualmente no pasa de los 37 KM/Hr. No estoy diciendo con esto que la velocidad que alcanza el atleta jamaiquino sea la indicada para que conduzcamos nuestras salitas rodantes, pero sí estoy sugiriendo que si tomáramos en consideración que éstas son, en efecto, aparatosas y muy veloces, entenderíamos que más que una extensión de nuestros hogares de la cual buscamos vanagloriarnos, se trata de artefactos muy similares a un arma.

¿Qué pasaría si en lugar de manejar nuestras salitas rodantes como si fueran mini-tanquetas de guerra, pensáramos que vamos al desnudo sin la coraza que ellas representan? ¿No sería entonces más parecido a lo que sucede cuando vamos caminando? Es muy raro ver a alguien que va caminando echar lámina o acelerar súbitamente el paso para impedirnos el nuestro mientras va rebasando y atropellando a los demás peatones, pues cuando uno va así al desnudo entre los demás caminantes, se encuentra a roce de piel y no es tan fácil esconderse y protegerse con la armadura que le da a uno la salita con ruedas. Si eso sucediera, las salitas dejarían de ser artículos acicala-egos y extensiones domésticas para volverse lo que son, simples medios de transporte.

domingo, 22 de abril de 2012

La plaga poética: ¡Feliz Día de la Tierra 2012!




¡Buenos días Madre Tierra!

Hoy decimos tus habitantes humanos que celebramos tu Día porque hace ya más de cuarenta años, ciertos personajes propusieron la inclusión de los problemas medioambientales en la agenda política internacional, lo cual, siendo avalado por la ONU, dio como resultado que cada 22 de abril los humanos digamos que te celebramos con un día (sí, sólo uno; ya hay muchos más ocupados por la madre, el padre, el niño, las mujeres, las banderas, las independencias de los países, los héroes de cada nación, los abuelos, los hermanos, las secretarias, las enfermeras, los médicos, la salud, el VIH, el agua, el antitabaquismo... bueno, hasta día de los perritos atropellados debería haber) y sólo uno, de conciencia ecológica sobre la gravedad de los problemas que aquejan al medio ambiente en razón de nuestras actividades a nivel especie.

Quiero contarte cómo es que he estado celebrándote el día de hoy: desperté por la mañana cubierta y protegida por sábanas blancas hechas de plantas de algodón que se dedican exclusivamente a la producción de telas que serán industrializadas para que más gente -como yo- pueda adquirir sus sábanas de 240 hilos; seguramente sabes que esas plantas de algodón son de las que mayores cantidades de químicos utilizan y que te contaminamos cada vez más por querer obtener mayores cantidades de algodón, sin olvidar cuánta agua es necesaria para que esas plantas crezcan rápido y generen el tan ansiado producto.

Enseguida, me dirigí al baño a desechar lo que mi cuerpo ya no necesita para realizar sus funciones y con ello contribuí -como tanta y tanta gente- a ensuciar un poco más -sólo un poquito más- las aguas de los ríos, mares y lagos a los que pueda llegar aquello que deseché, sin contar por supuesto el daño que te hice al utilizar el papel higiénico (que no tiene nada de "higiénico") y los litros y litros de agua que se necesitaron para que esa descarga llegara a un drenaje llamado "sanitario" por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento.

Y como todos los días, era hora de preparar el desayuno: huevos, leche, quesadillas y un plato de fruta. Resultado: 1) aceite vegetal en la sartén listo para ser despachado también por el drenaje "sanitario"; 2) basura orgánica e inorgánica que desgraciadamente si separo no servirá de nada pues al llegar al camión recolector el operador simplemente compactará todos mis desechos, los de mis vecinos y los de todos los habitantes del sector que le corresponde y los llevará -así ya reducidos a una masa irreconocible y maloliente-, al también llamado "relleno sanitario" que tú, Madre Tierra, también albergas en tu superficie (por favor, que alguien me diga quién fue el genio al que se le ocurrió acuñarle el mote de "sanitario" o "higiénico" a las cosas que son todo, menos sanitarias o higiénicas); 3) gas "natural" (eso me hace suponer que existe el "artificial") que fue extraído de tus rocosas entrañas desde quién sabe dónde a costa de mecanismos como el "fracking" por los que se contaminan las aguas de tu subsuelo al inyectarle químicos que disuelvan las fisuras de tu sustrato rocoso y permitir que se pueda extraer más gas, más rápido y a menor costo, todo para que yo pueda cocinar mis huevos y mis quesadillas a gusto y sin mayores complicaciones; 4) ondas electromagnéticas del microondas en que caliento la leche (sin contar los gases del refrigerador que utilizo para mantener frescos los alimentos) y que también contaminan tu aire pues no son un agente natural y a la larga ocasionan enfermedades; 5) la fruta que consumí seguramente fue producida por agricultores que no te respetan y que para apresurar el crecimiento de sus cultivos utilizan agentes químicos que contaminan gravemente tu suelo y lo inutilizan en cierto tiempo para poder seguir siendo fértil, ello sin contar el desequilibrio ecológico que generan el control de plagas, la extracción intensiva de agua de tus mantos freáticos para riego y muchas otras prácticas comunes en el agro, todo para que yo pueda consumir mi plato de frutas que tanto me gusta; y, por último, 6) la leche que tomé y los huevos que me comí y que han sido obtenidos en granjas de producción masiva, donde generalmente no se respeta el equilibrio originalmente propuesto por ti, querida Madre Tierra, y donde lo primordial es el lucro a costa de la comercialización a gran escala.

Sé que no necesitas que prosiga con el resto de mis actividades hasta este momento en que estoy haciendo patente mi celebración por ti, pues para muestra, basta un botón, y como podrás notar, Madre Tierra, hoy sí te he estado celebrando al tener muy en cuenta todo esto y hacer realmente conciencia de la gravedad de mis acciones diarias para contigo. Pero eso, sólo será por el día de hoy, mañana será otra historia, otro día y otra celebración para algo o alguien más. Finalmente, tú siempre estarás ahí, ¿o no? 

Atentamente,


La plaga poética.

martes, 13 de marzo de 2012

Martes 13 y los idus de Marzo

Marzo, el tercer mes del año indica también el despunte de la Primavera y con ello, el inicio de este clima caluroso, seco, lleno de polvo y de aparente olvido donde todo puede suceder.


Abro las ventanas por la mañana, lo único que me refresca entonces es la sensación del día que nace y la del sol que no esplende aún. Son esos momentos previos al acalorado trajín de las veinticuatro horas que se tienden ante mí, los que me hacen mantener la fe viva en mi corazón. De otra manera, sin la posibilidad de ver el sol salir ante mi y sin sentir la brisa matinal que sacude mis temores enraizados por la noche llena de sueños densos y acalorados, la vida tendría menos sentido del que ya tiene.


Un martes trece ya casi fenece y su racha ha sido una insabora, incolora e inodora. Ya no los hacen como antes, ya ni siquiera tuve ese sentir de indefensión ante lo inesperado, ya sabía que hoy nada sucedería... Pero los idus de marzo, ésos, aún no han terminado, tal y como le indicaría el augur al César en su camino al Senado adonde sería apuñalado hasta la muerte.


¿Qué traerán en su ráfaga esos idus que se avecinan, oscuros, insondables e intangibles aún? No lo puedo saber, aún no he liberado del todo a la pitonisa que llevo dentro, lo único que puedo saber es que abriré las ventanas una vez más esperando recibir la brisa fresca y limpia que cada mañana me devuelve la fe en el mundo y me hace elevarme por encima de mis pesadillas.





Salve, Regina, Mater Misericordiae
vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules filii Hevae.
Ad te suspiramus, gementes et flentes,
in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo, advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos ad nos converte;
et Iesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exilium ostende.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.
Amen.

sábado, 3 de marzo de 2012

Celebrar la vida

Ayer se cumplieron dos años del nacimiento de nuestra hija, y al cantarle las Mañanitas sabía que lo estaba haciendo también para mí misma, la niña rebelde y caprichosa que desde ese día se estrenó en la aventura de ser Madre...




Dos años han pasado y ni uno solo de sus días ha transcurrido sin maravillarme y sin sorprenderme por la infinita complejidad que es la crianza de un hijo, y sí, supongo que para las mujeres de otros tiempos no había tiempo para tantas perplejidades y ensimismamientos, pues con cinco, seis y -en no pocas ocasiones- hasta doce o más hijos, lo único que existía era el día a día y la vida que las llevaba si no de la mano, más bien en un ritmo parecido al de una locomotora en aceleración constante e incesante, y sin embargo, sorprendentemente para nosotras, madres a lo sumo de tres o cuatro infantes, lograban darse tiempo para realizar tareas en apariencia insignificantes como manualidades, pero que les proporcionaban espacios -mínimos si se quiere- de distensión de los quehaceres diarios. 


Hoy, nosotras, las mujeres del siglo XXI estamos tan ocupadas tratando de entender, resolver y hacer que otros entiendan el mundo, que nos estamos perdiendo ya no en el ritmo de la locomotora, sino en una fuerza centrífuga que nos está alejando constante e inexorablemente del centro de la esencia del ser humano. Y aclaro que esta fuerza centrífuga también afecta a los  hombres, pero en este momento hablo de las mujeres por ser un tema que conozco bien desde adentro. 


Es esta fuerza la que hace que ni siquiera podamos encontrar el tiempo para escribir -tal como en estos momentos lo hago-, o para leer o para realizar cualquier actividad que resulte de nuestro interés... ¿A dónde demonios se fue el tiempo? ¿Cuándo se acortaron los días que no nos dimos cuenta? ¿Será que, sin percatarnos de ello, alguien nos va recortando los minutos, las horas, los días en nuestros relojes para que - de manera similar a lo que sucedía en Underground (Emir Kusturica, 1995)- nuestros días transcurran aceleradamente y sin ton ni son? ¿A dónde quedó el tiempo necesario para reflexionar y pensar, o simplemente, para recrearnos y reencontrarnos? 


Si sólo nos vamos a quedar con las fechas especiales como aquellas que utilizamos de referentes para nuestros hitos personales -así como yo lo hice con el segundo cumpleaños de mi niña-, nos estamos perdiendo del resto de nuestras vidas. ¿Dónde están tus amaneceres, tus mañanas, tus mediodías, tus tardes, tus atardeceres, tus noches? ¿Se los están llevando por delante las manecillas del reloj? La vida es hoy, es este instante, es el momento en que despiertas, el momento en que ves caer la luz del sol sobre el follaje de un árbol, o cuando escuchas la voz de alguien que amas. No esperes a que sea el cumpleaños de alguien para decirle que lo amas, vive hoy, no pospongas en lo importante, aunque suene a reiteración de esos mensajes que abundan por correo electrónico con historias tristes sobre el amigo ya muerto al que nunca le dijeron cuánto lo querían.


Frágil y hermosa como es, la vida merece ser celebrada todos y cada uno de nuestros días, porque, al final de cuentas nunca sabremos cuando llegará un meteorito que nos hará a todos regresar al polvo de estrellas de donde venimos.

lunes, 21 de noviembre de 2011

El Buen Fin... ¿Para quién?


Ante toda la alharaca que ha rodeado al ya casi agonizante Buen Fin, no dejo de percibir una sensación, muy similar a la que experimentaba cuando, de niña, me aseguraban que la existencia del gordo barbón vestido de rojo o de los tres reyes bíblicos era real, con la consabida instrucción para que esperara pacientemente a que estos personajes procedieran a premiar -o no- mi comportamiento durante el año... De manera semejante, la expectativa generada por la iniciativa privada, el sector público y los ineludibles medios de comunicación en torno a las esperadas ofertas y promociones de estos días, se antojan un premio lleno de mezquindad para los ya muy aporreados bolsillos y presupuestos familiares de nuestra gente; más parecieran una recompensa burlona a su paciencia, aguante y estoicismo -o peor aún, la penúltima apuesta (no olvidemos la Navidad) de las grandes empresas para exprimir las últimas gotas de los raquíticos salarios-, que una verdadera oportunidad para adquirir bienes y servicios a precios realmente competitivos.

Basta visitar la página del happening (http://www.elbuenfin.org) para poder apreciar con claridad que si bien la reactivación de la economía a través del fomento al consumo es parte importante de los objetivos de esta iniciativa, lo es sobre todo mejorar la calidad de vida de todas las familias mexicanas. Y entonces, no puedo evitar preguntarme, ¿en qué le beneficia a una familia en las zonas de alta marginación de mi estado que en el centro comercial de mayor afluencia de la ciudad capital se ofrezca un fabuloso 10% de descuento aplicable en las mercancías -de lujo, en su mayoría-? O mejor aún, ¿cómo se verá influída positivamente la vida de una comunidad indígena cuando yo acuda a un hipermercado a comprar bienes que no necesito realmente a precios sólo ligeramente menores a los que ostentan ordinariamente? Puedo muy bien entender que la recaudación se verá incrementada a raíz de la montaña de transacciones que realizarán las casas comerciales con los adquirentes de sus bienes o servicios, pero hasta ahí.

Del otro lado de la moneda, la certeza jurídica para el consumidor es prácticamente nula por lo que hace a las ofertas publicadas, puesto que no existe más que una obligación muy vagamente esbozada en el sitio web de referencia donde se dice que las empresas sólo adquieren el compromiso de ofrecer el 10% de descuento adicional al mejor descuento que hayan tenido en el año o mejorar cualquiera de sus promociones realizadas en el año (véase la respuesta a la pregunta número 5 de la sección FAQs), lo que comparado con lo que se ha venido publicitando, resulta a todas luces un engaño a la gente y representa una chanza respecto de su deseo de adquirir todo lo que siempre está postergando con los mejores precios del año (tal como se afirma en la página de inicio del evento); esto sin contar además que el despliegue de la información en la página resulta deficiente, sin poder pasar por alto que la información cambia sin previo aviso, según se puede apreciar también en la sección de FAQs, lo que ocasiona que quien consulte la página para verificar una supuesta promoción, se encuentre al momento de querer hacerla válida, con que dicha oferta ya no se encuentra vigente, ya que las ofertas son actualizadas constantemente por las empresas que se están sumando al Buen Fin.

Mucho más se puede decir respecto de algo que bien podría calificarse como una estafa orquestada institucionalmente tal como la que ahora comento; sin embargo, baste decir que con todo lo que implica la voracidad sin límites de las grandes empresas, la abrumadora publicidad que ha merecido el evento, la falta de información completa y oportuna relativa al mismo, la incertidumbre jurídica que amenaza al consumidor y que parece permear a todo el multicitado Buen Fin, aunados a la falta de cultura adquisitiva en nuestra gente y el aval del gobierno federal en todo ello, sólo queda preguntarse si el Buen Fin lo fue realmente para el común de la gente y quienes se supone fuimos concebidos como sus beneficiarios originalmente, o si, por el contrario, lo fueron, como en la mayoría de las ocasiones sucede, quienes concentran el poder económico y político de este país.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Del barro a Ferragamo o de la HH (Humanidad Huérfana)


¿¿Qué sentirá alguien que tiene a sus pies a miles de seres humanos coreando sus canciones o imitando cada una de sus gesticulaciones y movimientos?? Eso debe ser lo más cercano a sentirse un dios (con "d" minúscula, ya que no se trata de Dios, la fuerza creadora omnipotente, omnisciente y omnipresente, y poseedora de todos los demás omni). A alguien debe habérsele ocurrido la estupenda idea de permitir el encumbramiento de esos ídolos de pies de barro que inundan nuestras vidas y que, empujados por la mercadotecnia, buscan hasta la más pequeña grieta en el dique de nuestra cordura y nuestro raciocinio para introducirse y fijarnos de la manera más arbitraria y despótica parámetros absurdos que ya no sólo tienen que ver con la apariencia física, sino que van más allá y dictan actitudes, puntos de vista, opiniones y, si me es dable usar los términos, hasta ideologías y cosmovisiones.

Ver a esas multitudes enardecidas (y de las cuales, tengo que confesarlo, en algunas ocasiones he formado parte) me hace recrear la escena sustituyendo el escenario por algo más parecido a un altar y al artista por un sacerdote o personaje investido de algún poder sobrenatural... y entonces sobreviene la idea: ¿A quién le beneficia que las masas se congreguen incansablemente en torno de estas figuras? ¿A dónde se va toda la energía, el nervio, la pasión, la emoción -y en sí, el alma- de cada una de las personas que se aglutina en torno de esos seres elegidos -tal vez no tan azarosamente como se nos ha querido hacer creer con sus tristes historias donde comenzaron como meseros, o bien lavando baños o en oficios poco glamorosos-? ¿Qué estamos haciendo nosotros, la humanidad, para merecer tener a esos falsos ídolos que se llenan de dinero los bolsillos cada vez que uno tararea alguna de sus melodías, o cada vez que uno va al cine a verlos aparentar ser quienes quisieran ser en realidad? ¿Cuándo perdimos los sesos de manera tal que uno de esos personajes se convierta en líder de opinión?

No quiero simplemente descalificarlos por el solo hecho de ser famosos, pero resulta absurdo e insostenible ante el mínimo asomo de cualquier lógica rudimentaria y elemental que una persona dada, por el hecho de congregar multitudes a raíz de una actividad que implica poco o nada de racionalidad como el tan traído y llevado arte, pueda, de pronto y espontáneamente permitirse opinar y codearse con líderes, jefes de Estado y otras tantas figuras (y que, en la mayoría de las ocasiones desafortunadamente tampoco merecen tan respetuoso tratamiento) e imprimir con ellas un impacto que trasciende el tiempo y el espacio generando olas de opinión y con ello, tendencias que se replican como la marea a lo largo de los océanos de nuestra -insisto- mal llamada "civilización".

De manera simultánea a los miles, cientos de miles y millones de seres humanos congregados alrededor de esas figuras, también existen miles, cientos de miles y millones de seres humanos sobreviviendo, tal vez ni siquiera ya alcanzando a preguntarse la razón de su existir sobre esta ingrata Tierra por falta de fuerzas para pensar y guardando sus últimas reservas de energía para respirar y esperar a que amanezca una vez más, con la inútil promesa de que tal vez ese nuevo día les traiga la respuesta a sus ingentes necesidades... Y ahí, oh, fortuna! surge un famoso caritativo y digno de ser seguido, uno de entre ellos -los ídolos con pies de barro calzado de Ferragamo-, que se convierte en embajador de la buena voluntad o que crea alguna organización que abandere alguna causa altamente lucrativa mercadológicamente hablando, y entonces -y sólo entonces-, muchos de nosotros volteamos a ver esas causas y a esos seres humanos que de otro modo pasan tristemente desapercibidos por todos nuestros gravísimos y profundos problemas de nuestro insignificante e intrascendente día a día.

Todo esto no deja entrever más que se trata de un sistema perfectamente orquestado por alguna mente más demoniaca que el mismo Diablo (recuérdese que el tan mentado Satán es, en principio de cuentas y sin desconocer la existencia de fuerzas que escapan a la comprensión humana, una designación hecha de, por y para los hombres): la búsqueda de figuras a las cuales seguir, ha sido y es una constante entre el género humano; nuestra sed de líderes es insaciable e interminable. Sin embargo, los líderes y figuras en los tiempos en que ya no se puede estar a lo que el sacerdote predicaba desde el púlpito y donde la información hueca y sinsentido nos inunda en todo momento a velocidades abrumadoras, deben ser más coloridos, sus actitudes deben ser más chocantes y provocar impactos, que a pesar de ser más transitorios, se sienten más profundos.

Proclamamos estar en la era de la información y del conocimiento, pero ¿cuántos de nosotros no caemos rendidos ante el inexplicable impulso de acudir a esas congregaciones multitudinarias, o si no, de seguir las reliquias de algún santo, beato o entidad destinada a la deificación masificante (término que me estoy permitiendo acuñar para dar a entender que si bien se trata de algo relacionado con las masas humanas, además las congrega a su alrededor)? La sensación de azoro que produce el fundamentalismo católico del muchacho que planeaba masacrar a los opositores del Papa en funciones durante su visita a España, no es menor que la que produce el saber que aún el día de hoy, se promueven prácticas que huelen a Edad Media y donde sólo estamos a la espera de observar la procesión del santo, beato o figura en cuestión rodeada de un colorido desfile de juglares y demás personajes dignos de la picaresca.

viernes, 8 de julio de 2011

El angel que conocí hoy


Un día raro ha sido el de hoy: luchando a favor de este ojo que no quiere sanar, me encontré con un angel en el disfraz de una sor a la que no le gustan los hábitos negros y que iba toda llena de luz blanca, mientras que un amigo me contaba a través de la infaltable blackberry de sus intuiciones sobre un pasado oscuro al que yo he visitado muchas más veces de lo que me gustaría recordar...

Toda esta lluvia que anega casas, calles, gente y almas tampoco me deja ver muy bien y pienso entonces qué falta me hace un buen café para curar mis huesos después de tantos días de vaciar mis pensamientos entre mis lágrimas perdidas a horas inusuales. Ya es hora de soltar todo esto y dejar ir lo que nunca fue, ya es tiempo de sacar lo que nomás me quita espacio y no me deja dar entrada a lo que necesito en estos momentos de la pequeña sucesión de puntos más o menos regulares a la que llamo vida.

Llevo días y días con mis pensamientos atorados, todos hechos nudos entre mis dedos que se mueren por sacarlos a través de estos golpes de teclado; me piden clemencia para que los expulse de esa cárcel que llamo mente y adonde los tengo encerrados desde hace tanto tiempo que ya casi se pudren. Les ha crecido musgo en las patas por estar inmóviles y se están haciendo endebles de tanta agua. Deben salir a orearse o morirán, lo sé. Así como ellos -ahora es momento de revisitarlo-, he visto morir a tantos que ya ni los recuerdo, de tenerlos ahí, en el altar de mis siempre presentes (no me gusta llamarles muertos), no quedaría lugar para los que realmente lo ameritan.

Si esto sigue así, me pasará lo que al Río de los Remedios, me llenaré de mierda y me desbordaré para inundar con ella todo lo que a mi alrededor se encuentre, no respetaré ni casas, ni gente, ni nada, y todo se irá con la dichosa ídem sin cumplir su cometido final y nunca será leído y, eso, es precisamente algo que no quiero que suceda.

Por eso, mejor pondré rewind a las palabras de mi angel y la escucharé respecto de lo que la Fuerza espera de mi: cumpliré lo que a gritos me piden mis pobres pensamientos, dejaré a un lado todo ese torrente de mierda y seguiré escribiendo antes de que esos pobres mueran ahogados, olvidados y fuera de mi altar.

sábado, 25 de junio de 2011

Mis cementerios de Londres













"Singing lalalalalalalalaiy
And the night over London lay"
-Fragmento de "Cemeteries of London"
Coldplay, "Viva la Vida" (2008).


Nunca he visitado Londres, es más no conozco Europa, pero casi sin temor a equivocarme puedo decir que esta canción y no otra evoca en mi un cierto sabor conocido... Tal vez esto se deba a que ha sido este mes y no otro, el que más me ha acercado al confín del territorio de los muertos y al más allá en sus diferentes facetas en lo que va de mi vida. Siempre recordaré estos días como unos de sabor agridulce con sus amaneceres nublados y húmedos, sus atardeceres llenos de un tímido sol que sólo aparece para despedirse y la incertidumbre de la cordura.

Verdes prados que van más allá de lo que la vista alcanza a abrazar, brisa fría de un océano incierto, humedad en los pies y la insatisfacción siempre presente por un deber nunca terminado de cumplir son los recuerdos de una vida que se asoma entre sueños y que no acabo de descifrar: tal vez sólo lo que alcanzo a ver es lo único que necesito para entender que mi lugar es donde me encuentre, y que a pesar de eternamente buscar "mi casa", ésta se encuentra dentro de mí, en mi corazón y en mi alma, acompañándome en todo momento y en todo lugar, tal como Dios lo hace con todos y cada uno de nosotros.

Hace poco visité la tumba de mi Nona y recibí un regalo divino; la vista desde ahí hacia los verdes cerros acariciados por una casi imperceptible niebla matutina y la soledad calma y tranquila que me envolvió frente al lugar donde yacen ella y mi querido Nono, fueron un bálsamo para mi agrietado corazón. Supe entonces que no hay nada más que el amor y que en dondequiera que se esté, el corazón siempre volverá al origen de todo y de todos para estar en Paz. Fue ese momento uno de alegría y contención que me hicieron saber, muy dentro de mí, que mi hijo está a mi lado y que se encuentra bien junto a ella.

Son muchos mis muertos y a cada uno le guardo un especial recuerdo y un pensamiento dedicado; son tantos como los que me han precedido para que yo esté hoy aquí escribiendo esto para quien tenga ojos para leer y corazón para entender. Y aún así, están vivos, como bien dice la canción sólo que los míos no lloran, ellos no usan kleenex.

jueves, 23 de junio de 2011

De los placeres culposos y otras cosas...


Nunca había escuchado, o más bien, nunca había reflexionado sobre el concepto de "placer culposo", hasta que, en días pasados una de mis queridas colegas mencionó el par de palabras que da nombre a este atado de letras y pensamientos y al parecer, la definición que de manera preliminar me ofreció del concepto, implicaba la idea de ocultar a los demás alguna actividad que, al tiempo de proporcionar satisfacción al que la lleva a cabo, a los ojos extraños pudiera ser poco aceptable -e incluso reprobable-.

Ahora bien, sin querer entrar al terreno de lo escatológico, dichos placeres culposos bien podrían incluir una serie de actividades que irían desde la aparentemente inofensiva actividad de un voyeur, hasta la enfermiza necesidad que aqueja a más de un@ y que l@ hace víctima de su propia verborrea al dispersar hechos que no le son propios y de los cuales, en la mayoría de las ocasiones, carece de evidencias de primera mano para constatarlos, dichos que no por llegar de manera eventual a ser válidos, conllevan la facultad para difundirlos.

Pero, regresando al tema, se puede abundar citando la definición de placer que nos ofrece la versión online del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, cuando como segunda acepción del vocablo leemos que por placer se entiende "goce, disfrute espiritual", o bien la "satisfacción, sensación agradable producida por la realización o suscepción de algo que gusta o complace", es decir, el placer entra así en la dimensión relacionada con el espíritu y con ello, en la del alma que, se dice, anima a cada ser humano de los que pueblan esta Tierra, por lo que cuando se habla de "placer" se está llamando a la puerta de lo que dista mucho de ser medible y cuantificable, para más bien adentrarnos a los terrenos de la más pura y llana (si es posible visualizarla de esa manera) subjetividad. Por otro lado, la culpa, aquélla que según el mal chiste propio de la escuela secundaria "nadie se quería echar", entra en una categoría diversa, siendo más bien un elemento propio de la imputabilidad de las acciones y de la consecuente responsabilidad que de su ejecución emana.

¡Qué lejos están la imputabilidad y la responsabilidad del placer! Son tan opuestos como la noche y el día... Mientras con la culpa la luz del Sol nos ciega y es -en la mayoría de las ocasiones- francamente detectable y denotable por medios ampliamente cuantificables, puesto que su presencia presupone la ejecución de una acción (e incluso, de una omisión) cuyas resultas desembocan en la responsabilidad del ejecutor (o del omiso, en su caso), los significados del placer viven entre las sombras de la noche que es lo subjetivo y se mueven en los terrenos de lo no cuantificable. Mientras la culpa reside necesariamente en el otro, es decir en una situación relacional, el placer, por su propia naturaleza encuentra sólo sentido en quien lo experimenta. Son, por lo tanto, conceptos incompatibles y cuya unión en la expresión inicial pudiera carecer de sentido, puesto que aceptar la existencia de tales "placeres culposos" equivaldría a pensar en un "algo" que, proveyendo de satisfacción a quien lo ejecuta, refleja en dicho actuante una responsabilidad por dicho actuar, con el consabido reproche -autoinfligido, por supuesto- que le es consustancial a aquélla. De ahí las reflexiones obligadas: ¿Es válido sufrir en aras del placer? (salvo la obvia referencia al sado-masoquismo) ¿Qué grado de congruencia puede existir entre el reproche y la gratificación?

Preferible es creer que la culpa es algo ajeno al placer y que éste se nos da libre de todo sentimiento de reproche y de la malamente entendida culpabilidad; finalmente el placer, salvo que provenga de un "algo" -excúseme el lector por utilizar nuevamente tan vago término- resultado de lastimar, ofender o transgredir a otros, es una de las bendiciones de estar vivo.

jueves, 10 de junio de 2010

El amor nunca muere


"Nunca me han gustado los domingos... Creo que es por esa calma potencialmente irritante que destilan sus tardes calladas y soleadas." Y sin embargo, fue el domingo pasado el último día que te vi con vida. Pero ya no era vida, solamente estabas despidiéndote de todos nosotros y dejándonos el tiempo suficiente para arreglar pendientes contigo o simplemente, como yo lo hice, para pasar a saludarte y decirte cuánto te queríamos -¿o debo decir "queremos"?-. Recuerdo muy bien, hace ya casi 21 años que también fue un domingo el último día que vi al Nono, pero a él sí lo vi sonriente y platicando. No, tú ya no sonreías, tan sólo pude sostener tu mano y decirte al oído una y otra vez cuánto te quiero -y otra vez la duda me asalta, debo decir "quería"? Besé tu frente muchas veces, como cuando te iba a visitar, te dije cuanta tontería tenía en mente, te recordé que tengo una bebé y que la alimento de mí, tal como debe ser; te dije muchas cosas, pero tú sólo escuchabas. Ya después supe que fue un acto de extraordinario amor el hecho de que estrecharas mi mano en la tuya, y que no lo hacías con nadie ya desde hacía muchos días.

Te quiero mucho Nona, mucho, mucho... Fuiste una segunda madre (y lo digo aunque Dominga siempre se haya sentido algo celosa de esto), la que hacía que esta bestia que llevo dentro se dominara lo suficiente como para lograr que cooperara en los quehaceres de la casa, o como para hacer que dejara de leer o de hacer algo que me placiera para integrarme al desarrollo de alguna nueva aventura doméstica, y todo ello, sorprendentemente sin el uso de la fuerza: nunca supe lo que fue un manazo tuyo sobre mi pequeño y rebelde ser, siempre las palabras por delante (le parole) y, en caso extremo, la coerción psicológica que implica el uso de la inteligencia. Gracias por eso. Gracias por enseñarme tantas y tantas cosas. Gracias por compartir mis momentos de dolor, mis ilusiones y mis sueños. Por escucharme paciente y confortante y por aconsejarme siempre desde el vasto libro de la sabiduría que sólo da la experiencia que tus años te dejaron acumular.

Gracias porque mi infancia contigo fue lo que una infancia debe ser, y aunque parezca amelcochada diciendo esto, gracias por los desayunos de huevo de gallinero cocinado con mantequilla hecha a mano; gracias por leer los pequeños poemas que te dejaba por aquí y por allá en la casa que llamábamos "rancho" y, sobre todo, gracias por recordarlos con tanto cariño a tanta distancia en el tiempo, cuando yo misma incluso los había dejado caer en el olvido. Gracias también por enseñarme el valor de la verdad, de la honestidad y el dulce sabor del placer después del deber cumplido. Gracias por enseñarme a forjarme a través de retos (mis tablas de multiplicar que ninguna maestra más que tú, me enseñó tan bien y sin la necesidad de tanto método pedagógico). Gracias por hacerme partícipe de tantas historias que compartiste conmigo y de tantos chispazos de tu ingenio tan peculiar, sarcástico e increíblemente único. Contigo aprendí el valor de la sutileza al hablar y, al mismo tiempo, el gran peso de la congruencia entre el hacer y el decir.

Siempre estarás a mi lado, acompañandome como ese pequeño rosario que llevo a todos lados conmigo y que con tanta fe me diste para que lo rezara cuando me sientiera en necesidad de hacerlo. Tu recuerdo estará siempre en mi corazón, y por eso insisto en decir que te quiero mucho -en presente- porque el amor nunca muere, no muere en tanto lo llevemos en el alma. Mi alma te lleva dentro y por eso no mueres, ni tú ni el amor que en ella has infundido. Tu fortaleza me ha inspirado en más de un momento en la vida que he llevado y me ha hecho seguir adelante. "Todo pasa", decías con tu habitual sabiduría y con la calma que da la certeza de haber vivido una existencia plena, generosa en espíritu y, afortundamente, tan alejada de la mezquindad de la ceremonia litúrgica que malamente ofició el sacerdote el día de hoy. Yo no escuchaba sus palabras; yo te sentía y te siento en el aire, con ese característico andar, fuerte y resignado a la vez, como la caricia que le dabas a mi mejilla cuando me acercaba a ti para saludarte y como tu última bendición.

Se vedon Nona, sé que nos volveremos a ver algún día, y mientras tanto, el amor nunca morirá porque se quedará con nosotras por la Eternidad.

Te mande an bazo.

martes, 8 de junio de 2010

Viendo todo desde arriba


"From above your heads, towards the end and beyond!" -dijo él. Ahora, estando ahí tan cerca de todo y tan lejos a la vez, no podía pensar en otra cosa más que en disfrutar la vista que le prodigaba su posición; tan por encima de todo lo visible e invisible, cero preocupaciones, cero necesidades, el nirvana en su más completa experiencia viva posible, si es que algo así puede ser concebido estando aquí y ahora.


Sí, era cierto. A veces había cambios de lugar y del grado de atención recibida, pero nunca respecto de estar por encima de todo y de todos. O al menos eso creía él. Bueno, ciertamente nadie lo contradijo nunca y estando así de seguro, tal como se sentía, nadie se atrevía a darle la noción contraria.

Nunca se había percatado, sin embargo, de la pequeña y casi imperceptible cuerdita de la que colgaba y que lo suspendía por detrás de su espalda. Era esa cuerdita, ese lazo invisible para él, lo que le permitía experimentar la magnanimidad que lo hacía sufrir, a resultas, tales delirios de grandeza y de absoluto. Ni por enterado de su cuerdita, sólo se dedicaba a sentirse proyectado al final y más allá. Se sentía bien, ni siquiera un momento de dolor que le recordara cuando la cuerdita le había traspasado para unirlo al carrusel que era su vida. Todos los demás le parecían insulsos: uno, lleno de adicciones disfrazadas de ternura y ya bastante pasado de peso; el otro, un bipolar disfrazado de felino y, por último, quedaba el amargado eterno, pobre alma deprimida y carente de alegría. Él, por otro lado, no siempre podía expresarse con propiedad, y aún así su lengua lo traicionaba de vez en cuando al desnudar el miedo que le daba el estar y el ser. Pero eso era lo que se veía, lo que no se veía era su desmesurado valor y su omnipotencia. Ellos no lo sabían, pero estaban ahí -todos- gracias a él.


Bien podrían haber sido ésos los imaginarios pensamientos y sentimientos de un megalómano pedazo de peluche que gira suspendido y atado a un móvil de plástico adherido a la cuna viajera-estacionaria de mi bebé, la cual se encuentra en nuestra recámara, allá en el primer piso de la casa que habitamos en una calle desnuda de árboles y tapizada de concreto (so sad!!), seccionada de una cuadrícula de la ciudad (también -Oh! So sadly- desnuda de árboles y tapizada de concreto, ordinarias plazas comerciales y gente obtusa) enclavada en la mitad inferior de un país donde todo es posible y nada lo es al mismo tiempo, o mejor dicho: donde todo lo imposible es posible y donde lo posible nunca sucede (lamento reiterado irrumpe incluso de nuevo -oh! so sadly-), aquí en el continente de este lado del Atlántico, tan -sí, otra vez, Oh! So damn sadly- (contaminado de millones y millones de litros de crudo que a nadie parece importarle hasta que la tragedia nos pase la factura en un mundo tan lleno de pesadilla), océano que baña esta tercera esfera de piedra y agua a la que llamamos Tierra y que -sí, una y otra vez más, Oh! So, so damn sadly-, se encuentra rodeada de otras esferas yermas donde, al parecer sólo hay roca y gases poco amigables a la vida, todo lo cual se encuentra dentro de una casi impensable masa de ser y no ser, de estar y no estar que implica el vértigo de la Galaxia que contiene el todo de nuestros alrededores y la nada de nuestras vecindades y, finalmente, dentro de un Todo Absoluto donde también hay lugar, aunque se crea imposible, para la Nada aAbsoluta...

Todo esto lo vio en la mirada de aquella pequeña criatura que sonreía plácidamente ante su presencia, en un instante que pareció alargarse más allá de cualquier noción de tiempo conocido por él en ninguna de las etapas de su escasamente probable existencia, y entonces supo que, en efecto, existía.


Toda mi simpatía para el felpudo puerquito que sigue – hasta la fecha- haciendo las delicias de mi hija al girar y girar sin cesar acompañado de sus amigos Winnie Pooh, Igor y Tigger.

jueves, 27 de mayo de 2010

Acaban de dar las once...


Maldito calor, una y otra vez lo siento entrar por mi nariz hasta el fondo de mis entrañas recordándome que estoy viva y haciéndome entender el por qué de la sensación pegajosa sobre mi piel.

Acaban de dar las once y no sé si esto que escribo valga la pena; he estado pensando mis pensamientos todo el día, dándoles vuelta sobre el lápiz -o más bien sobre mi imaginario teclado de la notebook -tal como le doy vuelta a mi cabello sobre mi dedo: enredando y desenredando, jugueteando con las ideas de ida y de venida. Que si la no politización de mi blog porque qué van a decir de mí, que si la identificación con los intelectualoides que hablan de todo y de nada (no según las palabras de un tal Bauman, pero sí según las mías) porque no saben nada de lo uno y desconocen todo de lo segundo; que si los hombres se pueden atrever a decir que darían la vida por una (je donnerai la vie pour te revoir), porque para ellos la vida sí puede implicar un sentido de negación de la existencia, lo que para una mujer resultaría, en esencia, por decir lo menos absurdo; que si la insulsa existencia de un ama de casa envuelta en su soledad acompañada y lidiando con las, a veces, insoportables pequeñeces de lo cotidiano, que si la administración de mi patrimonio personal y la relación de su acusada merma con las políticas públicas y mi nula incidencia en ellas; que si tantas y tantas cosas más que llegan a esta piel cansada de ser usada por mi alma un día más como máscara de sentimientos y a veces como pantalla de ilusiones.

Los días sólo se habían visto pasar como una sucesión de momentos interrumpidos por la noche, la compañera inefable de mis profundidades más oscuras, pero todo seguía ahí, tan sólo listo para ser retomado en cualquier momento en que el poder personal lo permitiera. No es necesario desplazarse materialmente; la conciencia, mente o alma (aún no entiendo bien cuál de ellas) lo hace todo. Sí, es cierto, por el momento se encuentra apaciblemente reposando en la superficie, pero en su interior bullen toda clase de energías, ideas y colores que en su momento serán expuestos para los ojos que sepan ver.

Fue mucho tiempo sin conectarme, sin sentir mis pensamientos fluir a través de mis dedos en la danza de las palabras, estoy viva y seguiré estándolo en la medida en que pueda mantenerme fluyendo a través de mis sombras y mis luces, con mis opacidades y mis transparencias, entregándome a mi esencia y a mi espíritu. Nadie puede quitarme eso, nada ni nadie. Soy la que soy y seguirá siendo, aquí y ahora, mañana y siempre.

Mi manifiesto del ser me hace sentir renovada, emerjo de las arenas de la anodina "realidad" del día a día para sumergirme en las aguas de la otredad y de ahí a la nadedad, todavía.

domingo, 23 de agosto de 2009

¿Me entiendes?


Todo un descubrimiento en el lado de la otredad.

Resulta que cuando uno llega a algún punto de la conversación en el que, sin mayor afán que clarificar el sentido de las propias palabras, emite la tan vapuleada pregunta, emergen de los más profundos rincones de la psique del interlocutor toda clase de respuestas defensivas y/o agresivas que pueden dejar perplejo al emisor de la aparentemente inocua expresión. ¿Por qué pasa esto? Si haciendo un sencillo análisis de la pregunta, y a primera vista, no se le ve mayor implicación, sino la de ser una simple interrogante, entonces deberíamos buscar la razón del -casi generalizado- rechazo en la subjetividad de los interlocutores indignados.

Sí, se trata de una cuestión meramente idiosincrásica... De hecho en otras lenguas el uso del eufemístico "¿Me explico?" es casi inexistente, pues la pregunta rechazada por nuestra muy mexicana manera de ser y de ver el mundo se toma en su sentido literal, esto es, como la preocupación del dialogante por clarificar el contenido de la idea expresada a su escucha; nunca como un insulto implícito en el que se da por sentado que el otro es un idiota o alguien que sencillamente no puede, o incluso, no quiere alcanzar a comprender nuestras palabras.

Cabe aquí recordar que eufemismo, palabra que proviene del latín euphemismus, significa, de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, "manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante". ¡Cuántos eufemismos utilizamos día a día! y con cuánta frecuencia los hacemos no sólo una manera suave de hablar, sino una forma sine qua non, al grado de parecer unos barbajanes de no utilizarlos. Patanería, por ende, es no incluir asimismo los tan entrañables diminutivos y la manera de afirmar sugiriendo, y en ocasiones, aún casi rogando; y qué decir de la asertividad, que es también vista y sobre todo sentida como una agresión al comunicarnos.

No de balde la expresión de "en la manera de pedir está el dar", frase que puede bien resumir el sentimiento de nuestra gente ante la asertividad; sentimiento que traducido en un aspecto cultural intrínseco nos hace, como colectividad, crear expectativas respecto del trato que el otro debe prodigarnos, demostrando con ello, que somos un pueblo altamente dependiente e hipersensible a la retroalimentación con nuestros interlocutores, de los que esperamos -so pena de indignarnos-, un trato que dé por sentado que somos un dechado de perfección intelectual respecto del cual no quepa la duda sobre si ha comprendido un tópico de la discusión, o no.

Ahora bien, con todo esto no se pretende tratar de modificar el tan arraigado sentimiento de nuestra gente, y que la hace única en su manera de ver, de hablar, de convivir y de evolucionar; más bien lo que se busca es proponer una nueva manera de degustar y de digerir las expresiones que comúnmente satanizamos por una mal entendida etiqueta y una baja autoestima colectiva que dejamos entrever por medio de nuestros complejos generalizados. Comencemos a tratar de ser menos sentidos, busquemos las respuestas en nosotros mismos, no en la actitud que esperamos de los demás respecto de nuestra persona, crezcamos y maduremos como pueblo dejando a un lado las autodesvalorizaciones disfrazadas de un estéril sentimiento de superioridad, ¡ya es hora! ¿Me entienden?


miércoles, 19 de agosto de 2009

De lo efímero a lo eterno*







Maravilloso internet, que me permite reinventar este mini-espacio de aire en el que puedo plasmar la indescriptible mezcla de sentimientos que me provoca el recordar a una recientemente finada amiga mientras reflexiono sobre el efímero suspiro de vida que se nos da y en cuyo transcurrir frecuentemente olvidamos paladear, vivir, amar, sentir, olfatear, tocar, mirar, escuchar, latir, cantar, pulsar, fluir, esperar, reír, dar, compartir… Cuántas cosas se agolpan en mi mente pensando en que, aunque no la conocí a profundidad, los momentos que compartimos fueron muy especiales, así como ella lo fue.

Dejando de lado la impresión que me causó el que mi mente –consciente o inconscientemente- me había estado llevando a su recuerdo en los últimos días preguntándome sobre su paradero, queda la profunda sensación de shock que provoca el hecho de saber que la muerte está acechante, apostada pacientemente, en cualquier esquina de nuestra instantánea existencia.

No sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde, sólo sabemos que será y ni por ello le damos nuestro mejor esfuerzo a la vida; amamos a medias, trabajamos lo mínimo, sonreímos por compromiso, compartimos sólo cuando nos vemos obligados a ello, mentimos la mayor parte del tiempo –y lo peor, a nosotros mismos-, pretendemos tener para ser, decimos “te quiero” cuando la comodidad nos acoraza lo suficiente como para que el pronunciar esas dos palabras no pongan en riesgo a ese maldito tirano que es el ego… ¡!Ah, cuánto desperdicio!! Si alguien pudiera contabilizar y cuantificar en términos de dinero (referente válido para todos, desgraciadamente aún respecto a lo intangible e invaluable) lo que implica el hacer y vivir todo así, por partes, a mitades y con desgano, y si en contraparte se pudiera saber lo que perdemos por el hecho de vivir como muertos y no inundados por la chispa de vida que anima cada inhalación y exhalación que protagonizamos, seguramente no alcanzaría todo el oro del mundo para recuperar todo lo perdido, todo lo que se quedó en el tintero, en las veces que nos arrepentimos de decir un “te quiero”, en las veces que, a punto de pulsar la tecla del send para llamar a alguien, no lo hicimos; en la mirada que esquivamos para no decir un “hola”; en el “gracias” o “buenos días” que se nos quedaron en la punta de la lengua por correr hacia algo que, bien a bien, ni siquiera sabemos qué es… Y si supiéramos que en realidad, la única que nos espera fiel, paciente, serena e inaplazable es la muerte, segura estoy que dejaríamos de apresurarnos, saborearíamos cada instante a mayor profundidad, como cuando éramos niños y no queríamos que se acabara ese pedazo de pastel que nos acababan de servir por lo rico que estaba… Nos apresuramos, viviendo a medias, apurando la vida en tragos grandes y desabridos, en lugar de dar pequeños sorbos y paladearla, tal como se hace con los buenos vinos o con un buen café…

Quiero vivir mi vida como si me la estuviera tomando sentada en un café del Portal, tal como hacía mi abuelo… despacito, saboreándola y disfrutándola instante tras instante, sintiendo cómo se va integrando a mí y cómo me voy integrando a ella, hasta ser una misma. Quiero que lo efímero trascienda y llegue a la eternidad, y quiero estar ahí cuando eso suceda.

*Escrito el Miércoles 2 de abril de 2008. Reinsertado en ocasión del 32o. aniversario luctuoso de mi querido Abuelo, el Profesor Esteban González Mejía.





domingo, 16 de agosto de 2009

¿Y ahora qué?




A la hora en que se iban dibujando pesadamente las nubes en el cielo, pensaron: ¿Y ahora qué? ¿Llovería en sus entrañas como el agua que caía firme pero silenciosamente en la hierba del jardín? ¿Se perderían de nuevo en la mirada del otro como desde que se reencontraron en esta vida? ¿O simplemente dejarían correr sus dedos por la superficie ya conocida y a la vez llena de misterios? Nadie sabe lo que la pasión puede traer ni atraer, la pasión sólo se vive y ya; no hay razón, no hay tiempo, no hay nada, tan sólo el estar y el ser. Así de fácil.

La manera de llevar el ritmo en el corazón, así como la forma de mover las pupilas del alma, eso es pasión, eso vive en el palpitar de cada cabello, de cada superficie de piel que se puede ir descubriendo y adivinando a través de las armaduras con que nos protegemos desde que Dios amanece todos los días... Sin pasión nada pasa, pero tampoco con ella. Esencia sublime, eso es.

Inasible es la chispa en que descansa tu aliento, inasible como lo son tus susurros y cuchicheos. Inasible no es tu cuerpo, en el mío, pero sí lo es en su esencia inalcanzable a la vez que cercana en el fondo de tus ojos, negros y profundos, húmedos como el agua en tu vientre e intensos como la fuerza de tu corazón.

Poca esperanza en mi pasión, poca es porque no tiene a dónde ir, ni a dónde llegar, sólo en el remanso de tu ser se encuentra con aguas tranquilas, tu río desembocando en mi lago y nada más.

Quiero ser como la tarde fresca de verano, fui con ella, pero no como ella. Perderme en su intempestiva tormenta, lloverme silenciosa y fuertemente sobre los campos, y luego, luego dejarme ir con el viento que me lleva para hacerme llover de nuevo sobre otros campos pero con la misma fuerza de tu corazón, de tus ojos hermosos y de tu alma desnuda llenándome en mi humedad.

sábado, 15 de agosto de 2009

Iniciando...


No sé si en realidad se trate del inicio, más bien debería nombrar a esta entrada como "Continuando..."; pero dado que se trata de mi primer intento formal por entrar en el mundo del blog y después de innumerables escritos dispersos en papel de todas clases (desde servilletas de un café hasta hojas donde se suponía que debía redactar algún reporte formal en el trabajo -pasando, por supuesto por aquellas cómplices de celulosa del periodo universitario y preparatoriano), mismos que por supuesto se encuentran igual de dispersos en un buen número de lugares, llegué a la sesuda conclusión de que era necesario iniciar una relación con el ámbito cibernético, en donde quizá, ahora sí, mis balbuceos y divagaciones no se perderán tan fácilmente y en donde, si llego a ser lo suficientemente venturosa, puedo entrar al misterioso -para mí- y paradójicamente expuesto mundo de la retroalimentación cibernética.

¿Por qué no me conformo con la opción que me brindan ya actualmente Facebook y otros servicios para vaciar mi hasta hoy dispersa verborrea? Siempre que escribo en ellos termino con la sensación de quedarme a medias, ya saben, como cuando estás disfrutando tu bebida preferida y ese último sorbo en el vaso que estabas esperando degustar con el último bocado de tu platillo, te es retirado con toda brusquedad por el o la igualmente insensat@ meser@... Sí!! No me siento feliz al publicar pequeños bites de información, y se me antoja como el juego que juegan los niños pequeños de "a ver si me encuentras" cuando uno los está viendo del todo y ya sabe que sólo quieren llamar la atención. Me da mucho gusto enterarme de las novedades en la vida de mis amigos, pero aún así, preferiría algo más sustancioso. También me pregunto si es que no estaré quedando al margen de la tan venerada modernidad, y que por eso añoro las viejas páginas de los libros que hojeabámos cuando niños, o si es que anhelo el tener el tiempo suficiente como para poder escribir esto en lugar de tan sólo publicar algo así como "me estoy muriendo de hambreeeeee". Sé que muchos de mis amigos lo hacen porque viven en el corre-corre que les exigen sus carreras, sus relaciones y sus vidas en sí, pero yo, eterna iconoclasta, me niego a quedarme a medias de mi expresión y sin mi último sorbo, así que estaré aquí defendiendo mi platillo de letras y mi vaso de emociones de esos insensatos meseros que quieren levantar mi servicio antes de entrar a la sobremesa.